febrero 23, 2024

Hace tiempo leí una cita atribuida a Pat Riley  que decía algo así como que “un buen entrenador no es el que hace cosas grandes con un mal equipo, sino el que hace grandes cosas con un buen equipo”. Nunca la entendí. Una frase sacada de contexto puede ser fácilmente  manipulable,  pero puede que esa frase contenga la clave del porqué unos entrenadores que han conseguido magnífico resultados en unos equipos no funcionen en otros.

Está claro por qué, unos equipos son mejores que otros”. Esa es la explicación rápida del entrenador que todos llevamos dentro. Pero no es tan fácil.

Me  viene a la mente el caso de uno de los mejores entrenadores españoles de la historia, el llorado y querido Javier Imbroda.

Imbroda consiguió que un equipo, a priori de media tabla, como aquel maravilloso Mayoral Maristas de finales de los 80 y principio de los 90, con plantillas de jugadores que apenas pasaban los dos metros, jugara de una forma que enganchaba a cualquier aficionado al baloncesto, incluyendo a los propios rivales. Preparando un partido contra ellos,  mi  entrenador de entonces dijo que  “lo que ha conseguido Javier con este equipo es para enmarcar. Ha conseguido que se crean mejor de lo que son, pero lo más grande de todo es que juegan como se creen que son, no como en realidad son”. Algo así como lo de comprar un argentino por lo que vale y venderlo por lo que dice que vale.

Sin embargo, Imbroda fichó por el Real Madrid, en lo que fue el gran fichaje de la temporada, y allí no fue lo mismo.

A lo largo de mi experiencia como profesional me he encontrado con todo tipo de entrenadores, desde los más duros, Iñaki Iriarte, Manolo Flores o Manel Comas, a los más “guais”, a esos que se autoperciben como “sicólogos” o “coaches”, en el sentido paleto que tenemos en España del término. Esos que te quieren guiar no solo en tu vida deportiva, también en la privada. Siempre preferí  a los duros. Tanto en lo deportivo como en lo personal, prefiero esa gente con carácter, la que viene de cara, esa que si te tiene que dar tres gritos y cagarse en la hostia cincuenta pares de veces, lo hace sin ningún complejo, pero sabes que un momento difícil dará la cara por ti. Prefiero eso al tipo blandengue, el que no grita, el que quiere caerle bien a todo el mundo. Ese que cuando le van las cosas bien es muy guay y cuando se empieza a poner nervioso es peligroso y que cuando te das la vuelta te la lía.

Siempre separé los entrenadores en esos dos grupos.

Ahora bien ¿cuál de los dos tipos de entrenadores es el mejor? Como decía Jarabe de Palo, depende. No hay una fórmula, pero yo creo que depende del equipo, de carácter y de su personalidad. El entrenador debe adaptarse al equipo al que entrena. Dentro de su estilo y de su personalidad, pero adaptándose al equipo.

En general, desde que empecé a jugar al baloncesto en los Salesianos de Mérida hasta que finalicé mi vida profesional, pasando por las categorías inferiores del Barça y del equipo nacional, la mayoría de entrenadores que he tenido han pertenecido al primer grupo. Pero también he tenido alguno del segundo grupo. De los que cuando le estrechas la mano, en vez de darte un firme apretón, te la tienden como para que se la beses.

Recuerdo el caso de uno de estos que venía de hacer una gran temporada en otro equipo, magnífica temporada, y que, sin embargo, en su nuevo equipo no encajó.

Empezó mal. Habiendo un capitán en el equipo, se dirigió a uno de los veteranos, y en privado, como suelen moverse los de este grupo, le dijo que  “públicamente” hablaría con el capitán, pero que las cosas importantes las hablaría en privado con él. Supongo que eso le había funcionado hasta ese momento, pero en su nuevo equipo cometío un grandísimo error.  El enviado no acabó su contrato.

Siempre se ha dicho que los jugadores quitan y ponen entrenadores.

Este entrenador sigue en activo. Él pensará que el equivocado fue el equipo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *